Los ojos de la Bestia

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En esta noche de preciosa y propicia media luna llena, o lo que es lo mismo, cuarto menguante, os invito a recorrer las claves de un inquietante expediente X francés del siglo XVIII, el de una bestia -o bestias, quizás- desconocida que, según lo recopilado por el padre François Fabre, acabó de cuajo con la vida de al menos 70 personas e hirió de diversa gravedad a otras 30 más.

Los hechos tuvieron lugar hace mucho, en la región francesa del Gévaudan, cerca de la localidad de la Langogne, al sudeste del país, donde aún hoy en pleno siglo XXI las macabras hazañas y los ecos fúnebres de aquella enigmática Bestia del Gévaudan siguen fuertemente arraigados en la memoria y la tragedia popular. Transformada prácticamente en un mito, sumida en una tupida aureola de misterio criptozoológico, lo cierto es que fuera lo que fuera, persona, monstruo, críptido, o animal corriente, causó estragos entre los aldeanos y aldeanas de la montañosa y frondosa Gévaudan, poniendo incluso en jaque a la guardia del ínclito Luis XV.

En una época convulsa políticamente, a las puertas de una Revolución francesa que iba a transformar el país para siempre, aquellas macabras y dantescas muertes centraron la atención de toda Francia, y por unos años, aquella remota y perdida región del Gévaudan apareció de repente en el mapa, transformándose en sinónimo de muerte y de misterio. Si os tengo que ser sinceros, fueron tantas y tan variopintas las teorías que intentaron explicar los macabros hechos, y fueron tan dispares e incluso contradictorias las descripciones que los testigos hicieron de la famosa Bestia, que a uno le da en la nariz que muy probablemente estemos ante un sombrío rompecabezas indescifrable –otro más- de difícil solución –e imposible conclusión- si seguimos a pie juntillas todo lo escrito y dicho sobre él.

Hoy, esta noche, intentaremos cribar sin tapujos todo lo vertido, dicho y comentado sobre esa bestia en mayúsculas, llegando, tal vez, quién sabe, a conclusiones –nada concluyentes, evidentemente y valga la redundancia- que muy poco tienen que ver con el dictamen oficial de las autoridades francesas de aquel entonces, que, armándose de coraje y sin vergüenza alguna, afirmaron que todo se debió a la incontrolable y sangrienta cruzada de un lobo cabreado, eso sí, un poco más grande de lo habitual y con una sed de sangre y vísceras más propia de El Carnicero de Rostock que de un simple, mundano y huidizo Canis lupus. Dijeron esta barbaridad y se quedaron tan anchos, como si la enorme y astronómica magnitud de la tragedia –la friolera de 70 muertos y 146 heridos en total- pudiera explicarse satisfactoriamente y sin claroscuros con la fatídica y exclusiva acción de un lobo solitario, feo y gigante, que, alejándose de la conducta y la etología de los de su misma especie, decidió convertirse en un auténtico depredador de hombres, al estilo de aquella famosa película protagonizada por el musculoso Schwarzenneger.

Es evidente que hay algo que no encaja. Descartando los casos de lobos rabiosos donde sí ha habido muertes múltiples, pero en los que el animal, por cierto, no vive más de tres o cuatro semanas acarreando la mortal enfermedad- no existen reportes oficiales de lobos solitarios o de manadas de lobos que hayan causado tal kafkiano desaguisado, tal festival de muertes sangrientas. Y mucho menos 70 muertes. La verdad, se me antojan demasiadas.

Pero sin duda, lo que más llama la atención de este extraño caso es la aparente invisibilidad y mimetismo casi sobrenatural que bestia exhibió a lo largo de los tres años que se prolongó su particular cruzada por la zona del Gévaudan, siendo capaz de desaparecer literalmente de la faz de la Tierra con el fin de sortear con astucia y maquiavélica precisión –más humana que animal, todo sea dicho- las numerosísimas batidas multitudinarias que se organizaron en la región y en las que tristemente se mató indiscriminadamente a todo menos a la bestia real. Durante aquellos fatídicos años, centenares de lobos fueron ajusticiados sin pudor alguno, y otros tantos animales salvajes fueron, bosque adentro, víctimas colaterales de la locura y la histeria colectiva desatada.

Sea como fuere, y sin ánimo de extenderme mucho más, hoy intentaremos recorrer aquellos frondosos caminos y senderos que recorrió aquel ser o aquellos seres en busca de víctimas inocentes que le sirvieron como macabro y fresco tentempié en época de escasez alimentaria o, quién sabe, si lejos de de eso, tal vez aquellas muertes no fueron muertes sino crímenes, y a modo de botín final encubierto –más humano que animal, evidentemente- alguien o alguienes  saciaron sus ansias y sádicos anhelos de carne, sexo, sangre y venganza con una serie de asesinatos disfrazados de ataques pseudo-animaloides que quizás no interesó investigar en profundidad. Que nadie me mal interprete; no digo que un lobo o un híbrido cánido no haya podido ser el autor, de forma excepcional y aislada, de algunas de estas oscuras muertes, pero sí afirmo rotundamente que, paralelamente, alguien hizo su particular y sombrío agosto de sangre, sexo y vísceras amparándose en el difuso mito de aquella recurrente Bestia sin nombre que aún se recuerda, no sin cierto temor y recelo,  a la luz de las hogueras occitanas. Esas mismas hogueras que un día, ya lejano, a buen seguro iluminaron de cerca los indescriptibles ojos de la Bestia, apartándola de lo legendario y mostrando, a unos cuantos elegidos, la auténtica realidad de su esquiva naturaleza.

D.Valverde

 

Da Vinci, el Hombre de Vitruvio y la Sábana Santa

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Una de las hipótesis que se han barajado para intentar dar explicación a la extraordinaria formación de la efigie de la Sábana Santa de Turín es la teoría de la cámara oscura y la “fotografía anacrónica” presuntamente maquinada y perpetrada por Leonardo Da Vinci allá por el siglo XV. Es decir, que según algunos investigadores, como Picknett y Prince (autores del libro “La Sábana Santa“) la Santa Síndone albergaría ni más ni menos que la primera fotografía de la historia (muy anterior a la primera fotografía “oficial” obtenida en el 1826 por el químico francés Joseph Niépce). Pero estos autores van aún más allá al afirmar que el bueno de Leonardo (que al parecer, en cuestiones de ciencia y alquimia, lo mismo valía para un roto que para un descosido) no sólo fue el artífice y alma máter de esta primera fotografía sobre tela en cámara oscura, sino que además, para más inri, él, Leonardo mismo, es el misterioso hombre grabado en la Síndone.

No es mi intención entrar a valorar en profundidad esta maquiavélica teoría (refrendada por el escritor e investigador Javier Sierra), pero a bolapluma sí diré que me parece, humildemente, un tanto disparatada. ¿Qué hacía Leonardo con el cuerpo repleto de heridas de las que brotaba sangre cadavérica (post-mortem) y sangre vital, heridas que coinciden punto por punto con las de la pasión y tortura de Jesucristo? Si tal y como afirman Picknett y Prince, el hombre de la síndone mide incluso más de 2 metros (y por eso no puede ser, según ellos, Jesús de Nazareth, ya que un detalle de este calibre hubiera quedado reflejado en los evengelios)… ¿Es que acaso Leonardo sí medía 2 metros de altura? ¿Por qué entonces, si fue Leonardo -vivito y coleando- el famoso “retratado“, la efigie del lienzo muestra las características inconfundbles -según los forenses- de un cadáver en rigor mortis y en posicisón de inspiración? En todo caso, y cuestiones tan evidentes como éstas a parte, el resultado de una fotografía de un modelo humano en cámara oscura sobre una tela impregnada de sustancias fotosensibles dista muchísimo de la perfecta y asombrosa efigie que se puede observar en el lienzo de Turín. Y es que, como ya sugirió el gran Catedrático en Medicina Legal y forense José-Delfín Villalaín, la Sábana Santa, si a algo se le aproxima, es a una tomografía axial computerizada, ya que en ella aparece la débil -pero objetiva- huella de las vísceras internas del anónimo hombre de la síndone.

Ahora bien, hay algo que sí llama la atención. Algo que descubrí junto a mi buen amigo e investigador Gabriel Gomis casi por casualidad. La imagen de la síndone coincide, en superposición y con un error mínimo, con la silueta del “Da vinciano” Hombre de Vitruvio (o Vitrubio).

Para aquel que no lo sepa, El Hombre de Vitruvio es un famoso dibujo acompañado de notas anatómicas de Leonardo da Vinci realizado alrededor del año 1492 en uno de sus diarios. Representa una figura masculina desnuda en dos posiciones sobreimpresas de brazos y piernas e inscrita en un círculo y un cuadrado. Se trata de un estudio de las proporciones del cuerpo humano, realizado a partir de los textos de arquitectura de Vitruvio, arquitecto de la antigua Roma, del cual el dibujo toma su nombre. El cuadrado está centrado en los genitales, y el círculo en el ombligo. La relación entre el lado del cuadrado y el radio del círculo es la razón áurea. Para Vitruvio el cuerpo humano está dividido en dos mitades por los órganos sexuales, mientras que el ombligo determina la sección áurea. En el recién nacido, el ombligo ocupa una posición media y con el crecimiento migra hasta su posición definitiva en el adulto. También se conoce como el Canon de las proporciones humanas perfectas (Fuente: wikipedia).

Y esta última frase nos coloca sobre la asombrosa pista de lo hallado. ¿Se trata de una simple y burda casualidad que el hombre de la Sábana Santa coincida en superposición y en proporciones con el Hombre de Vitruvio de Da Vinci? No parece lo más sensato. Una vez visto el resultado y la asombrosa semejanza entre las dos imágenes (incluido rasgos faciales), resulta casi evidente y obligado pensar que la una es consecuencia de la otra. Pero aquí, en esta diatriba, una vez más, radica la pregunta crucial. ¿Acaso fue el hombre de la efigie un super-hombre (¿ario?) que gozaba de las medidas anatómicas perfectas? ¿Utilizó Leonardo la imagen de la Síndone como modelo ideal para el diseño y plasmación de su Hombre de Vitruvio o tal vez no exista conexión causal entre las dos siluetas? O muy al contrario, y reafirmando parcialmente la hipótesis de Picknett y Prince… ¿Se basó su hipotético autor, Leonardo Da Vinci, en las medidas y proporciones de su Hombre de Vitruvio para diseñar y confeccionar la efigie de la Santa Síndone? Lo innegable, realmente, es la extraordinaria similitud anatómica y proporcional entre el misterioso “Jesucristo” de la Sábana Santa y la silueta perfecta del Hombre de Vitruvio. Un “hombre perfecto” en el que, dicho sea de paso, muchos han querido ver -de nuevo- al mismísimo -y casi narcisista- Da Vinci autorepresentado en lápiz y tinta. Como casi siempre ocurre, unas imágenes valen más que mil palabras. Juzguen ustedes mismos.

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El Hombre de Vitruvio de Leonardo Da Vinci

 

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La Síndone de Turín original                         Negativo fotográfico de la Síndone

 

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Superposición intermedia                                 Superposición final*

 

*Los brazos del Hombre de Vitruvio (que muestran, completamente extendidos, la palma de la mano en el boceto de Leonardo, la zona “ventral”) figuran, evidentemente, al revés de la posición natural que deberían exhibir en la Sábana Santa. Se trata de un montaje aproximado con el fin de demostrar la exactitud de los contornos y medidas en una superposición comparativa con distintos grados de opacidad.

Daniel Valverde, 11.08.2008, “¿El Hombre de Vitruvio en la Sábana Santa?”

 

El timo “clónico” de Rael

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Hola a todos, feliz verano

No puedo evitar dar mi humilde opinión sobre el tema “raeliano”. Y lo haré rápido. Por mucho que algunos intenten defender y bautizar a este movimiento como una nueva orden religioso-científica (esperpéntica ya la fusión), este circo del disparate fabricado y construido por el ex piloto de carreras francés Claude Vorilhon (Rael) es una secta en toda regla.

Sus disparatados postulados provocan sonrojo ajeno y su controvertido y semi-clandestino modus operandi (gurú mensajero y empresa tapadera-clonadora incluidos, Clonaid) los convierten en una secta que ya ha sido declarada destructiva en muchos países (incluidos Suiza y Francia). Su afán de lucro, asimismo, es tan evidente como incuestionable.

Se podrán discutir muchas cosas, pero sinceramente me parece ingenuo y absurdo debatir si los Raelianos son secta o no. Lo son. Creo que todos somos mayorcitos para que tipejos como este Rael y su obispa -la presidenta de la fantasmagórica Clonaid y mano derecha de Rael- nos vendan una película que ni ellos mismos se creen, un patético film donde los únicos beneficiados son ellos y su séquito más cercano; un bochornoso castillo de naipes falsos donde se mercadea con los sentimientos y la esperanza de las personas, donde una creencia personal sui generis -y profundamente discutible- se intenta imponer a golpe de engatuseo y de seducción ideológica; donde la falsedad, las medias verdades y las burdas e ignominiosas promesas y quimeras de siempre juegan un papel fundamental en su circo del embuste, en su opaco palacio de la apariencia -y de la opulencia. Y todo ello para enmascarar el auténtico propósito de Rael, la obispa y cia: extender un mensaje y unos postulados mesiánicos que conviertan a las personas en fieles incondicionales y a sus miedos, temores y esperanzas en billetes de 100 dólares y pasaportes hacia el sexo libre, fácil y de contrato. Sota, caballo y rey.

Por favor, somos adultos e inteligentes, tenemos capacidad de análisis y raciocinio, nos apasiona el misterio serio y riguroso, y deberíamos saber distinguir -de lejos y a la primera- a este tipo de personajes-mesías-gurús y sus tintes, formas y aureolas sectarias. Honestamente, me parece censurable cualquier tipo de apología o defensa sobre este tipo de movimientos fanáticos destruye individualidades -y vacía bolsillos- que sólo favorecen -y enriquecen- a su alma mater (el gran mensajero de los Elohim) y a su cercano y leal séquito de gansos adiestrados. Y lo más de lo más: Rael -el profeta- pretende construir en Jerusalén una base para que aterricen los extraterrestres Elohim -de nuevo- con el dinero recaudado show a show, fiesta a fiesta, engaño a engaño. ¿Alguien se puede creer realmente semejante despropósito?

Extrañamente obsesionado con la clonación y la vida eterna, Rael llegó a decir que “su religión era la ciencia“. No se lo cree ni él. Ni la obispa (Brigitte Boisselier), por supuesto.

A pesar de todo, sé y presupongo que algunos pro-raelianos dirán que un servidor no se ha informado, que las cosas no son así y que este esperpéntico movimiento científico-religioso no es una secta sino una nueva e inocua religión del tercer milenio. Y éste, precisamente, es uno de los síntomas inequívocos que padecen los adeptos; la peligrosa ceguera transitoria que, afortunadamente para muchos, finaliza al ver la luz después de la oscuridad del túnel.

 

Rael no será el último ni el más esperpénticos de los gurús que vendrán

 

Del Caleuche a los OSNI

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Dejadme que esta noche os hable de la leyenda del Caleuche, un buque fantasma que navega y vaga por los mares de Chiloé y los canales del sur de Chile según la tradición chilota. Como podemos leer en un interesante artículo de Prodiversitas, “el Caleuche está tripulado por brujos poderosos, y en las noches oscuras va profusamente iluminado. Tiene alumbrado y velamen color rojo, por andar tripulado por brujos. Por lo general, en sus navegaciones no cesa a bordo la música. Se oculta en medio de una densa neblina que él mismo produce. Jamás navega a la luz del día.

Si casualmente alguna persona que no sea bruja se acerca, éste se transforma en un simple madero flotante; y si el individuo intenta apoderarse del madero, éste retrocede. Otras veces se convierte en una roca o en otro objeto cualquiera y se hace invisible. Sus tripulantes se convierten en lobos marinos o en aves acuáticas. Se asegura que los tripulantes tienen una sola pierna para andar y que la otra está doblada por la espalda, por lo tanto andan a saltos y a brincos. Todos son idiotas y desmemoriados para asegurar el secreto de lo que ocurre a bordo.

Al Caleuche no hay que mirarlo, porque los tripulantes castigan al que lo mira volviéndoles la boca torcida, la cabeza hacia la espalda o matándoles de repente, por arte de brujería. El que quiera mirar al buque y no sufrir el castigo de la torcedura, debe procurar que los tripulantes no se den cuenta de su audacia.

Este buque navega cerca de la costa y cuando se apodera de una persona, la lleva a visitar ciudades del fondo del mar y le descubre inmensos tesoros, invitándola a participar en ellos con la sola condición de no divulgar lo que ha visto. Si no lo hiciera así, los tripulantes del Caleuche lo matarían en la primera ocasión que volvieran a encontrarse con él.

Todos los que mueren ahogados son recogidos por el Caleuche, que tiene la facultad de hacer la navegación submarina y aparecer en el momento preciso donde se le necesita para recoger a los náufragos y guardarlos en su seno, que les sirve de eterna mansión. Cuando el Caleuche necesita reparar su casco o sus máquinas, escoge de preferencia los barrancos y acantilados, y allí, en las altas horas de la noche, procede al trabajo.

La leyenda del Caleuche o Buque Fantasma es una de las más difundidas en esta provincia y aun fuera de ella. Todavía queda mucha gente que sigue creyendo en la existencia del misterioso Buque de Arte.

Se trata de un barco lindísimo en sentido superlativo, iluminado con profusión. En él tienen lugar fiestas y bailes fantásticos, al son de la música más maravillosa del mundo. Puede navegar indistintamente sobre la superficie como bajo el agua. Se provee de tripulación, para lo cual recoge a los incautos navegantes de las lanchas veleras, a quienes atrae con la poderosa sugestión melódica de su orquesta. También recoge a los náufragos.

Es el barco de los brujos. Desaparece de la vista en forma inesperada e instantánea. Deja tras de sí un vago y extraño ruido de cadenas y los ecos difusos de una melodía cautivante y enervadora. Puede convertirse en un rústico tronco de árbol y varar en cualquier playa. Igualmente sus tripulantes tienen la facultad de autotransformación corporal a su antojo. Eligen de preferencia la forma de focas. De esta manera, pasan inadvertidos a los ojos de los profanos, sobre los arrecifes, en donde suelen tomar el sol plácidamente arrullados por la cadencia de las olas.

La transformación del Caleuche en un tronco cualquiera se explica por el hecho muy frecuente de la presencia de troncos varados en las playas de la noche a la mañana; y que desaparecen en igual forma repentina, arrastrados por las corrientes. A veces se les ve flotar entre dos aguas; llevando sobre sí algunos cuervos remolones. La fantasía recoge la curiosa visión y con ésos elementos simples el elabora mil conjeturas inverosímiles, reafirmando la vieja leyenda del Buque Fantasma. La aparición y desaparición de los mencionados troncos en las playas es simplemente consecuencia de las corrientes y mareas.

Mientras algunos cuentan que el barco aparece para embelesar a los pescadores con una música maravillosa, causarles la muerte y convertirlos en tripulantes esclavos que llevan una pierna doblada sobre la espalda, como el Invunche; otra versión dice que recoge a los muertos de las aguas y les da una nueva vida a bordo, como tripulantes que pasaran la eternidad en fiestas y celebraciones.”

Pese a que otros muchos atribuyen la invención del Caleuche a espejismos o a las incursiones de piratas y corsarios, a mi me parece más bien que se puede tratar de una leyenda forjada en los frecuentes avistamientos de los famosos OSNI, esos objetos submarinos no identificados que pueblan nuestros mares y que son avistados con más frecuencia de la que nos pensamos por pescadores y lobos marinos mar adentro. En realidad, la idea no es descabellada. A nadie se le escapa que los mares y océanos albergan en sus profundidades las zonas más inexploradas y vírgenes del planeta y uno tiene la extraordinaria sensación de que, bajo sus aguas, a muchos km. De la superfície, algunos secretos insondables aún siguen ocultos sobre la arena abisal. Teniendo en cuenta que los océanos ocupan ¾ partes de la superfície del planeta y que la profundidad media de los mares y océanos oscila entre los 4 y 5 kilómetros y que el hombre apenas ha comenzado a explorar las vastas zonas que se encuentran debajo de la superficie, la romántica idea de la existencia de civilizaciones tecnológicamente avanzadas bajo la superficie marina se me antoja una interesante y desestabilizadora opción, como mínimo, a tener en cuenta.

Rememorando la famosa frase de Von Däniken, y aunque pueda parecer ciertamente de perogrullo, “si un OVNI entra en el agua se convierte automáticamente en un OSNI.” Ya sean lagos, fiordos, embalses, o las profundidades ignotas de los océanos, parece que estos artefactos tripulados de procedencia desconocida sienten una particular atracción y apego por el mundo acuático. Es decir, que no solo se trataría de extraordinarios aparatos cappaces de surcar nuestros cielos con sistemas de aeropropulsión a años luz de los nuestros, sino que además, para mayor desconcierto, estos objetos tendrían una supuesta capacidad anfibia que les permitiría sumergirse y navegar bajo el líquido elemental, haciendo gala de una versatilidad tecnológica imposible de concebir bajo el estricto amparo de la ciencia actual. Para que os hagáis una ligera idea, la velocidad máxima de los submarinos más modernos es de unos 45 nudos, es decir, unos 80 km/h, pero estos artefactos misteriosos se desplazan por el interior de las aguas a una velocidad, como mínimo, tres veces mayor.

Además de los siempre presentes y frecuentes avistamientos osni por parte de faenantes del mar, a lo largo de la historia también han sido abundantes los reportes militares, oficiales y oficiosos, que hablaban de extraños artefactos que emergían de las aguas y que incluso, pusieron en jaque más de una operación militar marítima. A las andanzas osnilógicas del famoso portaviones americano Roosevelt –tan solo por citar un par de casos-, se añaden las del portaaviones norteamericano Wasp y otros 12 buques, que detectaron una gran nave submarina que se desplazaba a 150 nudos (280 km/h) mientras realizaban maniobras en el Atlántico Norte en 1963. Según podemos leer en algunos artículos, el extraño osni se mantuvo en sus proximidades durante cuatro días, maniobrando alrededor de ellos y sumergiéndose a sorprendentes profundidades de hasta 8.200 m. , cuando el récord de profundidad de los submarinos conocidos es de unos nada despreciables 1.900 m.

Todos estos reportes militares filtrados con el paso de los años, junto al sorprendente hallazgo de extraños cilindros y piezas de manufactura aparentemente no humana en el fondo de las aguas (como la extraña pieza oopartiana hallada por un buceador español en el Mar Mediterráneo en 1970), y las exhaustivas investigaciones de prestigiosos científicos como el zoólogo marino Ivan T. Sanderson parecen dejar bastante claro que algo desconocido se oculta en las profundidades inescrutables de la zona azul de nuestro Planeta. El bueno de Sanderson, que dedicó su vida al estudio de estos Osni y a las civilizaciones submarinas, llegó a concluir en su libro póstumo “Invisible Residents” que 8 de cada 10 ovnis eran en realidad osnis, y que bajo las profundidades oceánicas casi con toda seguridad se ocultaban razas ancestrales no humanas que nos llevaban millones de años de ventaja evolutiva. Según afirman los que los conocieron en vida, este biólogo y zoólogo marino tuvo acceso privilegiado a información y a evidencias que lo llevaron por el sendero de la obsesión y del total convencimiento de que allá abajo, en las profundidades oceánicas, ciudades tipo Rapture, de manufactura no humana, descansaban sobre las simas abisales. Quien sea aficionado a los videojuegos o a las obras maestras virtuales, casi con toda seguridad conocerá el magnífico Bioshock de Irrational Games, donde se nos muestra una quimérica y utópica ciudad submarina, Rapture, una brillante y embriagadora combinación de estética art-decó y surrealismo Verniano. Rapture fue el sueño de un visionario que quiso construir la ciudad perfecta, donde los límites creativos y científicos no existiesen, una ciudad fundada como una sociedad ideal para un selecto grupo de científicos, artistas e industriales sin límites ni losas morales. Una ciudad submarina con la que el hombre, la raza humana, conquistaba el fondo de los océanos y observaba su entorno a través de una jaula de cristal artificial que lo aislaba del hostil mundo de agua de allá fuera. Sin desvelar demasiado de la trama, diré que el sueño utópico y pasado por agua de aquel loco visionario acabó como el rosario de la aurora, quedando patente la inherente capacidad e inercia de la raza humana para autodestruirse a toda costa.

Y realizo este paralelismo no por capricho ni por mi profunda admiración a la obra maestra de Irrational Games, sino porque creo que la humana Rapture muy poco o nada tiene que ver con esas bases o ciudades submarinas presuntamente extraterrestres que, presumiblemente, albergarían nuestros océanos en lo más profundo de sus abismos. Si son tan antiguas como Sanderson y cia afirman, parece evidente –y hasta necesario, desde el punto de vista de la viabilidad biológica, que sus constructores y moradores sean seres perfectamente adaptados al medio acuoso, y no criaturas recluidas eternamente en cárceles de cristal o material aislante. Seres anfibios en vehículos anfibios, seres que quizás salgan últimamente más a menudo a la superfície en busca de respuestas, en busca de las razones que están convirtiendo, gradual e inexorablemente, su mundo acuático en un pozal de desechos y de contaminación humana. Quizás, en este sentido, en el extraordinario enigma de los Dogones de Mali y los seres anfibios no humanos con los que entraron en contacto -aquel misterioso y poderoso Nommo y su séquito que, casualmente, necesitaban el líquido primordial para su supervivencia- residan parte de las respuestas a este fascinante enigma de los OSNI y sus presuntas bases y mundos submarinos.

Y si hacemos caso a Sanderson, hoy, en esta mágicas alertas ovni en las que, por sistema y por definición, tendemos a mirar al inexcrutable firmamento en busca de artefactos desconocidos, quizás sería mejor dirigir nuestra mirada mar adentro y rastrear entre el oleaje su presencia imposible. Quizás, de esta manera podamos, con mayor probabilidad, ser testigos privilegiados de uno de estos avistamientos OSNI, cuya maquinaria sideral y luces imposibles han iluminado e iluminarán, en silencio y furtivamente, las aguas más oscuras e ignotas de nuestros océanos, quién sabe para qué, desde cuando y porqué.

Daniel Valverde

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El Caleuche, emergiendo de entre la niebla

De profecías y fines del mundo

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Para serles sincero, el mito ancestral y milenario del fin del mundo profetizado no me quita el sueño ni me hechiza lo suficiente como para dejar de pagar la hipoteca y los prestamos bancarios. Y es que de hecho, desde que el hombre es hombre, y la historia es historia, ha habido tantos fines del mundo y de tan variada y grotesca naturaleza que de tanto esperarlos, década tras década, año tras año, uno hasta ya se ha insensibilizado y acostumbrado a vivir con la soga del fin de los días apretando bien el gaznate. Hoy, a lo largo del programa, vais a poder ser testigos de toda una retahíla de profecías y de fines del mundo posibles de los cuales, gran parte de ellos, quitan el hipo y sonrojan a partes iguales. Para serles sincero, el programa de esta noche transcurrirá entre la delgada línea roja que separa el drama apocalíptico del humor absurdo y milenarista, entre las sonrojantes desvirtudes del mundo actual y del incierto mundo del mañana. Es el programa número 50 del Sótano, y es por ello que hemos querido dedicar un especial a este día después del fin del mundo, un momento e instante idóneo para charlar distendidamente sobre el futuro de la prodigiosa Gaia y de sus hijos, de la tecnificación descomedida y de la insultante inoperancia del hombre como ser simbiótico, adaptable y moldeable a su hábitat natural sin perjuicio y deterioro del mismo. Es una ocasión propicia para hablar del 2012 y de la famosa profecía Maya, de profecías fallidas y de meteoritos infaustos que estaban llamados a aniquilar el género humano y que ni siquiera rozaron la Tierra.

Eso sí, en medio de esta vorágine apocalíptica que ya se está desatando de nuevo, entre Hercólubus, Apocalipsis bíblicos, 2ªs venidas, alineaciones planetarias y meteoritos varios, uno no puede dejar de sorprenderse al comprobar como incluso algunos programas y documentales de televisión otorgan cierta credibilidad a toda esta furia armagedónica que sitúa en el 2012 el fin de los días. El fin de los días…¿Qué significa realmente? Para muchos se trata del fin de nuestra humanidad, el fin global y total del ser humano como especie, mientras que para otros significa el fin de todo atisbo de vida animal y vegetal en la Tierra. Para algunos tan sólo se trata de un cambio, de un golpe de timón, de un fin de ciclo necesario y natural que separa las distintas edades y eras de cualquier especie intelectiva con el fin de reconducirla por el sendero de la auténtica evolución. Y es que, como veis, ni siquiera la propia definición de “fin de los tiempos” tiene un sentido único y excluyente. Aquí, como podéis -y podréis- comprobar esta noche, cabe todo; desde la más sensata y científica de las hipótesis hasta la más absurda, irracional y disparatada de las profecías anunciadas. Unos escritos y vaticinios presuntamente proféticos que, por cierto, y dicho sea de paso, no siempre se han contemplado bajo el prisma de la precognición y de su fascinante y enigmática rajadura del velo del tiempo. Para muchos, algunos de los profetas más famosos y de mayor renombre tan sólo utilizaban el género literario profético con fines mucho más mundanos y terrenales, esto es, para evitar persecuciones y condenas por el trasfondo real de las críticas contemporáneas allí expuestas. Es decir, que para no pocos, gracias al lenguaje críptico, simbólico y alegórico de muchos de estos escritos proféticos, estos autores se permitieron el lujo de criticar, valorar y vilipendiar muchas de las injusticias y carencias de su época bajo el amparo de estas narraciones, versos y centurias que aparentemente no decían nada pero que, entre líneas, y de forma alegórica, lo decían todo. En otros casos y en otras ocasiones, la predicción fue tan exacta y objetiva que obliga a descartar cualquier tipo de casualidad o de otra intención velada que no fuera la de predecir inexorablemente un hecho traumático que estaba por acontecer.

Pero si hay algún profeta al que le tengo una particular simpatía y aprecio es a la entrañable Madre Shipton, pseudónimo bajo el que se escondía una mística inglesa del siglo XV que nació en una cueva cerca del río Nidd y cuya apariencia, según dicen, era la de una clásica bruja típica, tópica y propia de cualquier cuento de los Hermanos Grimm. De hecho, de tan poco agraciada que al parecer era, muchos coetáneos de su época no dudaron en bautizarla como hija de Satanás. Al parecer, entre muchos de sus aciertos como vidente y profeta, se encuentra el de la predicción exitosa del Gran incendio de Londres en el 1666, la derrota de la Armada española en el 1588 e incluso el vaticinio de su propia muerte, que ocurrió en el 1561. Para finalizar esta introducción de esta noche, qué mejor que dejaros con las palabras proféticas y reveladoras de esta gran mística, una mujer que, según afirman muchos, logró ver con exactitud lo que iba a acontecer incluso en los albores del fin de los tiempos. Y esto, lo que voy a leer a continuación –y que hoy abrirá este quincuagésimo programa de El Sótano- fue lo que nos dejó escrito sobre esa gran debacle que acontecería, una vez más, en algún momento del futuro incierto y maleable, en ese ya recurrente fin de nuestros días.

“En el agua, el acero, entonces flotará tan fácil como un barco de madera. Oro se verá en el arroyo en tierras que son aun desconocidas. Para esos maravillosos lejanos días las mujeres adoptarán una manía de vestirse como los hombres, usaran los pantalones y cortarán sus pelos. Ellos montarán a horcajadas sobre artefactos de latón como las brujas hacen ahora en el palo de escoba. Y rugiendo los monstruos con el hombre encima, parecerán comerse los campos verdes, los hombres volarán como los pájaros lo hacen ahora y regalarán el caballo y el arado. Las esposas mimarán gatos y perros, y los hombres vivirán igual que los cerdos. En diecinueve siglos y veinte y seis años las casas se iluminarán como pajas y ramas. Para entonces se planearán guerras poderosas y el fuego y la espada barrerán la tierra. Cuando los cuadros parezcan vivos con movimientos libres. Cuando los barcos como peces naden debajo del mar… Cuando los hombres como los pájaros surquen los cielos… Entonces medio mundo, se hundirá en la sangre y morirá. Durante siete días y siete noches el hombre mirará esta vista imponente. Las mareas subirán más allá de su conocimiento para morder las orillas lejos y entonces las montañas empezarán a rugir y los terremotos agrietarán las llanuras. Las aguas inundarán las tierras, los hombres huirán aterrorizados de los diluvios, el lecho del mar se levantará y en esos pequeños espacios de tierra la humanidad comenzará de nuevo.”

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La búsqueda del Grial

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El Santo Grial, el santo cáliz, ese plato o copa sagrada que presuntamente sostuvo Jesucristo en la famosa y trascendente Última Cena y con la que instauró la sagrada eucaristía, acto central y primordial del culto católico, ya que ésta simboliza la transubstantación, esto es, que bajo las especies consagradas del pan y del vino, Cristo mismo, vivo y glorioso, está presente de manera verdadera, real y substancial, con su Cuerpo, su Sangre, su alma y su divinidad entre nosotros, los hombres mundanos y terrenales. Según la antropología semita, el hombre es «carne»; y la sangre era para los hebreos «sustancia de la vida». El término «cuerpo», en contraste con «espíritu», se emplea para referirse a toda la persona. Está en conexión con el pan; la sangre apunta a la muerte violenta.

Evidentemente, este ritual iniciático, casi alquímico, puede entenderse e interpretarse de diversas maneras. Si lo hacemos literalmente, que no parece lo más sensato -aunque sí posible-, durante aquella prodigiosa cena de pascua se produjo un milagro divino o una suerte de transmutación alquímica, a raíz de la cual, el vino se convirtió en sangre y el pan en la auténtica carne de Cristo, hijo de los Hombres. En este supuesto, el santo cáliz, la santa copa, contuvo momentáneamente la sangre de Dios transmutada, con lo que ese hipotético contacto físico de la sagrada reliquia con la sangre del Mesías pudiera haber conferido a la copa, según muchos, un poder esotérico-divino eterno, imperecedero, que dotaría al cáliz de unas virtudes y cualidades extraordinarias y descomunales.

En todo caso, si no fue así, y durante esa última cena la alusión a la transubstantación del vino en sangre se debe entender de una forma totalmente alegórica –como así se deben entender muchos pasajes de la biblia según los eruditos y muchos teólogos-, la leyenda insiste en afirmar que el mismísimo José de Arimatea, el tío-abuelo de Jesús, un hombre rico, poderoso e ilustre, recogió en el santo cáliz –quizás de su propiedad- la sangre y el suero de Cristo en la Cruz. Si fue así realmente –que yo mis dudas tengo- uno se pregunta con qué intenciones recogió el bueno de José la sangre de Jesús una vez crucificado. ¿Quizás con algún propósito alquímico que desconocemos? ¿O quizás a modo de mero recuerdo del mesías ajusticiado, del Hijo del Hombre, por el que profesaba amor y cariño?

No parece lo más lógico. Si esto sucedió de esta guisa, y el cáliz de la cena pascual recogió la sangre de Jesús en el Gólgota –o en el sepulcro, según algunos evangelios apócrifos-, es evidente que esta acción respondió, a mi parecer, a un propósito concreto y previamente pactado. Según algunas fuentes no oficiales a las que he tenido acceso, el propio Jesús se dirigió a José de Arimatea con estas palabras: «Tú custodiarás el Grial y después de ti aquellos que tú designarás». ¿Acaso fue ésta sentencia una clara alusión a la identificación del Santo Grial con la sangre real que Maria Magdalena transportaba en su interior fruto de la unión tabú con Jesús de Nazareth? ¿Pudo ser José de Arimatea un gran alquimista que legó sus conocimientos a otros iniciados? ¿Quizás sus conocimientos esotéricos-alquímicos jugaron un papel fundamental en la milagrosa resurrección de Cristo? Según la leyenda, parece que el propio José de Arimatea transportó después de su larguísima encarcelación el Grial a Gran Bretaña, la vieja Avalon, a esa Glastonbury mágica donde las Leyendas Artúricas medievales encontraron el contexto propicio y su decorado perfecto. No en vano, muchos han identificado al Santo Grial con la auténtica piedra filosofal alquímica, el lapis philosophorum – y su promesa de la vida eterna-, que fue buscada con anhelo por los grandes alquimistas a lo largo de las eras, máximos valedores de una ancestral ciencia alquímica que, por cierto, no es precisamente reciente: nació a orillas del Nilo en el Antiguo Egipto, hace la friolera de 5000 años.

En todo caso, sorprende la importancia que en algunas fuentes legendarias y extraoficiales –de dudosa fidelidad histórica, todo sea dicho- se le otorga a la famosa copa de la eucaristía, algo que choca con el evidente ninguneo que recibe la sagrada reliquia a lo largo de los evangelios canónicos e incluso en la mayor parte de los apócrifos. Y es que, a lo largo de los siglos, y antes de penetrar en los pantanosos años de la Edad Media, lo cierto e innegable es que tanto el gnosticismo -como la propia iglesia católica- dotó de mayor importancia al contenido que al continente, esto es, prefirió realzar el contenido simbólico –y físico- del Grial que al objeto material que lo contenía. Algo que, por otra parte, puede resultar razonable y hasta sensato, teniendo en cuenta que la copa de la santa cena era una copa común propiedad, más que probablemente, de José de Arimatea, y que, con toda seguridad, ya pudo haber sido empleada en otras cenas de pascua anteriores, totalmente rutinarias según la tradición judía.

De hecho, la primera noticia que se tiene del Santo Grial como tal, con toda la carga simbólica, divina y esotérica se encuentra en el evangelio apócrifo de Nicodemo. El texto se convirtió en el maná simbólico del que se nutrieron siglos después incontables relatos folclóricos. Al parecer, el iniciador de la tradición literaria fue Chrétien de Troyes, que murió en extrañas circunstancias sin revelar el final, lo que dio pie a los continuadores —Robert de Borón o Eschenbach, entre otros— a realizar libres interpretaciones acerca de la sagrada reliquia. Aunque la obra de Troyes pueda poseer aparentemente un claro simbolismo cristiano, el autor no explica en qué consiste el grial y la obra se interrumpe bruscamente. El autor no lo denomina “santo” en ningún momento, ni lo designa como “el grial” sino, simplemente, como “un grial” y considera más importante su contenido que el recipiente, algo que bien pudiera aludir a los sagrados recipientes celtas, griegos o egipcios, fuentes de la eterna vida espiritual y divina. Para ser honestos, es muy poco probable que Troyes se basara en la leyenda del santo cáliz cristiano para su poema, y es mucho más probable que su obra sufriera un proceso de cristianización tendenciosa con el paso del tiempo. De hecho, fue Robert de Boron, en “Joseph d’Arimathie” y “Estoire del San Graal” quien transformó ya de forma evidente al “Gradale” de Chrétien en “El Santo Grial”, la inconfundible copa utilizada por Jesús en la Última Cena.

Así pues, quizás la copa –el objeto, en definitiva- que sostuvo Jesuscristo en la Última Cena –si es que esto ocurrió así, que eso es fuente de otro debate- sólo poseía el valor intrínseco del material en el que estaba construida y quizás por esta razón su valía y su glorificación pasó desapercibida hasta bien entrado el medievo, más de diez siglos después. Sea como fuere, lo que parece evidente, es que el Santo Grial como símbolo -y no como objeto físico- tiene un origen enteramente medieval, y su leyenda alegórica surge de la literatura caballeresca de los siglos XII y XIII, donde su iniciática búsqueda y encuentro imposible simbolizaba el trascendental anhelo por alcanzar el conocimiento interior, ese crucial paso de la ignorancia a la iluminación, esa transmutación interna que convierte al hombre material en hombre espiritual, y lo sitúa en permanente contacto con el Dios creador. Quizás, en definitiva, ésta y no otra es la auténtica búsqueda del Grial. Una búsqueda simbólica e interior, donde lo importante no es el Grial en sí mismo, sino el recorrido iniciático -repleto de éxitos y fracasos- que nos acerca a él.

D.Valverde

 

¿Contacto posible?

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Lo cierto es que el fascinante y controvertido mundo de las psicoimágenes ha estado envuelto en la polémica desde el principio, y en este sentido, sirvan de ejemplo las particulares vicisitudes que envolvieron a su presunto descubrimiento –allá por mediados de la década de los 80- por el investigador alemán Klaus Schreiber. Según cuentan, fueron las propias voces psicofónicas con las que investigaba las que, ni cortas ni perezosas, animaron al bueno de Klaus a intentar obtener imágenes paranormales en la pantalla de su vetusto televisor de blanco y negro. Según siempre lo dicho y afirmado por el infatigable investigador alemán, fue la presunta voz psicofónica de su difunta hija Karin –que había fallecido de septicemia a los 18 años- la que le guió y aconsejó en la titánica empresa de obtener psicoimágenes a lo largo de un fructífero año de experimentación y pruebas. Inevitablemente, no sé a ustedes, pero a mí este punto de partida tan singular -y tan profundamente emotivo- lejos de convencerme, me plantea toda una serie de dudas e interrogantes que abren de par en par la puerta a la prudente y sensata desconfianza.

Si en todos estos años de investigación psicofónica algo me ha quedado meridianamente claro sobre estas intrigantes voces del silencio es precisamente su carácter espontáneo, su efímera duración, su innegable e insultante inteligencia y a la vez -y paradójicamente-, su irritante banalidad e incoherencia en la mayoría de sus mensajes registrados por mi grabadora. Vamos, que un servidor, como otros tantos investigadores de TCI, se conforma –y hasta se resigna- con el obtener un vocablo fugaz que aparentemente responda a una de nuestras –a menudo- triviales cuestiones. Dicho esto, y si les he de ser sensato, me cuesta creer que esas mismas voces sean capaces de ayudarnos y hasta guiarnos en una de nuestras tareas o experimentos de comunicación interdimensional, y me cuesta creer aún más que esa “voz guía” y maestra sea precisamente la voz de uno de nuestros familiares fallecidos, con el que, a buen seguro, mantenemos un más que evidente vínculo sentimental capaz, dicen muchos, de trascender la mismísima muerte.

Aquí, evidentemente, ocurre algo. Una de dos, o Schreiber mintió deliberadamente -y como un bellaco- para construirse una emotiva historia sobrenatural con final feliz con el fin –ya de paso- de autoconvencerse de que su hija seguía viva en alguna parte, o realmente, queridos oyentes, el bueno de Klaus descubrió –o adaptó- un método de comunicación bidireccional y estable entre dimensiones distintas, la auténtica y ansiada piedra filosofal de la transcomunicación instrumental. Y digo adaptó porque bastantes años antes, como hoy veremos, unos benditos locos soñadores de la Metascience Foundation americana dijeron haber construido un engendro electrónico capaz de hacer añicos el impedimento presente en la comunicación interdimensional a la clásica usanza, permitiendo largas y técnicas conversaciones con seres que se auto-presentaban, sin pudor alguno, como difuntos. Sus creadores, los ingenieros electrónicos William J. O´Neil y George W. Meek, lo bautizaron como Spiricom, pero sus presuntos -y polémicos- logros y hallazgos, desafortunadamente, fueron en el tiempo casi tan efímeros como la propia duración de las psicofonías clásicas. Dicen, los que conocen bien su historia, que un buen día las comunicaciones -ese contacto posible y factible entre el mundo de los vivos y el de los muertos- cesaron sin causa ni motivo aparente. Dicen, los que tienen algo que decir sobre el Spiricom, que la técnica y la tecnología no lo era todo, y que por eso no se ha podido replicar ni reproducir jamás. Dicen que sus circuitos se alimentaban de una forma de energía desconocida, una suerte de energía mediúmnica y trascendental que curiosamente existía –por igual- en los dos planos dimensionales. Al desaparecer inesperadamente esa misteriosa energía, el Spiricom murió, y su silencio eterno y sospechoso cubrió para siempre el laboratorio de George Meek y compañía. Falsas o auténticas, hoy van a tener ustedes la oportunidad de escuchar a través de su PC, su radio o su mp3, algunas de esas sorprendentes conversaciones entre los técnicos de la Metascience Foundation y aquellos insólitos interlocutores que hablaban –y hasta aconsejaban- desde algún punto indeterminado situado más allá de la frontera de la funesta muerte. Realidad o ficción, lo cierto es que la utópica –y según no pocos fraudulenta- quimera de aquellos pioneros de la transcomunicación instrumental bidireccional bien merece ser recordada por lo evocador de sus hallazgos y lo insólito de sus conclusiones y de su peculiar e irreproducible metodología.

En realidad, siendo sensatos, y tal y como le sucedió al bueno de Schreiber, a nadie se le escapa que lo que impulsa y da aliento a la ardua investigación en el campo de la transcomunicación instrumental es lo de siempre, nuestra enfermiza y humana fijación por saber qué diablos hay más allá de la muerte -si es que hay algo- y, extensivamente, el poder descubrir dónde y cómo están nuestros familiares y amigos tristemente fallecidos. Dicho esto, y tomándolo como inevitable premisa, es obvio que la investigación en el campo de la TCI discurre sobre terrenos pantanosos como pocos; discurre por caminos y senderos angostos y ambiguos en los que se entremezclan –indefectiblemente- datos más o menos objetivos con apreciaciones y sentimientos tan subjetivos como personales, caminos en donde las evidencias se confunden a menudo con las creencias, y donde las peligrosas interpretaciones subjetivas no siempre reflejan –por desgracia- la auténtica naturaleza de lo registrado, de lo visto o de lo escuchado.

No es nuestra intención con el programa de esta noche juzgar la objetividad o la realidad de la transcomunicación instrumental y de sus presuntos contactos posibles, sino la de poner encima de la mesa del sótano toda una serie de datos y observaciones para que ustedes, desde sus casas, tan lejos y a la vez tan cerca, dispongan de la suficiente información -y de paso, de una heterodoxa variedad de opiniones y planteamientos- con el fin de que puedan extraer sus propias conclusiones que les permitan emitir, de esta manera, un juicio personal –y naturalmente provisional- entorno a estos polémicos expedientes, todos ellos envueltos por la temible e inevitable aureola del fraude y de la malinterpretación tendenciosa y puramente subjetiva.

Apartar y cribar lo objetivo de lo subjetivo, las evidencias de las convicciones y las pruebas de las intuiciones, no es solo un ejercicio sano y recomendable en el mundo de la TCI, es el único modo de proceder posible. Si no lo hacemos así, y nos dejamos seducir por lo evocador y lo romántico, dándole la mano a la desesperada necesidad de ver y oír a toda costa, corremos el riesgo de traspasar la línea de lo estrictamente objetivo y demostrable. Y créanme, una vez cruzada esa línea de no retorno, no nos será difícil empezar a ver caras y rostros en las cáscaras de mejillones, siluetas de familiares fallecidos saludando desde el Más Allá -engullidos por la niebla de un televisor mal sintonizado-, o escuchar largos fonemas psicofónicos en la maraña de ruido generado por el girar de un simple pomo de puerta. A veces, en este controvertido campo de investigación, como en otras tantas disciplinas donde la interpretación de los resultados juega un papel fundamental, discernir lo real de lo imaginario es una simple cuestión de sensatez, metodología y humildad. Y es que en este controvertido mundo, una bienintencionada -pero apasionada y tendenciosa- interpretación de una evidencia acústica o visual aparentemente paranormal puede ser, en la práctica, igual de peligrosa y censurable que el más malintencionado de los fraudes.

D.Valverde

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Detalle del Spiricom, la “máquina para hablar con los muertos”

Bajo la Tierra de Verne

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Hablar del mito de la Tierra Hueca es hablar de un buen número de teorías heterodoxas y dispares, de multitud de nombres propios que en algún momento creyeron firmemente en su veracidad, y de pruebas tendenciosas y disparatadas que cada uno interpreta como le conviene y le viene en gana. En realidad, y aunque a muchos de ustedes esta teoría les suene a leyenda urbana post-moderna más bien desatinada, el osado mito de la Tierra Hueca se pierde en el horizonte de nuestra historia más remota. Y lo más curioso, como mito y enigma -más antropológico que geológico, dicho sea de paso-, la hipótesis de una Tierra Hueca y habitada por los más variopintos dioses, seres y criaturas aparece con algunas sutiles –y no tan sutiles- variaciones en multitud de leyendas y mitos antiguos extendidos a lo largo y ancho del planeta. Casi todas las culturas y un buen puñado de religiones no han dudado en mirar hacia las entrañas de la Tierra cuando se han visto en la obligación de buscar techo y cobijo a sus todopoderosos dioses, seres salvadores o Reyes del Mundo, o de recurrir a ellas sin ningún tapujo cuando les ha convenido situar físicamente el purgatorio, el infierno, o su particular reino de condenados y pecadores eternos. En este sentido, varias mitologías esquimales, chinas, hindúes y egipcias, hablan unánimemente de una raza que vive y muere en el interior de La Tierra. En algunos pasajes de la religión esquimal se dice que “…creen en un mundo futuro. El Alma, después de la muerte, desciende bajo tierra y alcanza varias moradas, la primera de las cuales es algo así como el purgatorio. Las almas buenas lo atraviesan y avanzan más hacia el interior, descubriendo moradas cada vez más bellas, hasta alcanzar aquella en donde reina la perfecta felicidad. Allí el Sol no se pone jamás…”.Grigori Rasputín a la pregunta sobre quien le había enseñado y concedido ciertos poderes, contestó haberse encontrado con “hombres verdes provenientes del Norte”.Una frase del Lama Turgut dice: “El palacio del Rey del Mundo está circundado de los palacios de los Gurú que controlan las fuerzas visibles e invisibles de la tierra, de su interior hasta el cielo, y son patrones de vida y de muerte. Si nuestra loca humanidad continuara con sus guerras, estos podrán venir sobre la superficie y transformarla en un desierto. Estos podrían secar los océanos, cambiar los continentes por extensiones de agua y hacer desaparecer las montañas. Estos, a bordo de extraordinarios vehículos, desconocidos por nosotros, viajan a velocidades increíbles a través de los túneles de la tierra”.

Total, sobre lo que hay allá abajo, a más de 5500Km. de profundidad, en las entrañas de la mismísima Tierra, cada cual puede fantasear y decir lo que quiera y le apetezca. No en vano, ni tan siquiera la geología puede aseverar y dogmatizar al 100% que la Tierra sea maciza en todo su calado, ya que de momento sólo se ha perforado físicamente hasta poco más allá de una escasa decena de Km, es decir, tan solo un 0,15% de su vertiginosa profundidad. Eso sí, siendo sensatos, y descartando que no se trate de un bulo conspiranoico y oficial para ocultar la verdad de lo que hay dentro, la sismología y el estudio de la velocidad relativa de las ondas L y P parecen no dejar demasiados interrogantes a este respecto. El estudio sismográfico nos dice que la Tierra de hueca tiene más bien poco, y que posee capas y estratificaciones bien diferenciadas y acotadas en función de su profundidad. Además, diversos cálculos y análisis indirectos nos hablan de un hábitat hostil incluso a partir de unos cuantos km. hacia abajo, con un gradiente geotérmico brutal, esto es, un aumento de calor más o menos progresivo y constante, y que, a los 16km. de profundidad, situaría el termómetro a no menos de 600º. A la vista está -además de que allí abajo los intraterrestres no necesitarían calefactores ni chaquetas- que la ciencia nos habla de un interior de la Tierra totalmente infausto, con temperaturas hostiles y presiones litográficas descomunales que imposibilitarían la presencia de grutas y cavernas más allá de unas decenas de metros tierra adentro. Aún y así, que yo sepa, ningún científico, por el momento, ha estado allí para contarlo, al más puro estilo profesor Otto Liddenbrock y compañía.

No es mi intención en esta introducción destripar los detalles de la teoría de la Tierra Hueca, sino la de dar mi humilde punto de vista al respecto. Sinceramente, me cuesta creer que la Tierra esté hueca y me cuesta aún más creer que tenga una especie de sol interior alumbrando esa gran concavidad soñada. Sinceramente, no creo que en sus entrañas otras civilizaciones super-avanzadas y semi-divinas nos vigilen, nos protejan y habiten un mundo ideal que, paradójicamente, conceptualmente recuerda más al cielo que al infierno. Así descrita, y con tantos y tan variopintos condimentos añadidos, la teoría de la Tierra Hueca se me antoja poco más que un producto semi-onírico de mentes soñadoras, de quiméricos buscadores de fe que desde siempre, desde que los tiempos son tiempos, se han aferrado a lo inexplorado y a lo ignoto para dar rienda suelta a su imaginación y a sus inocuas ambiciones mesiánicas.

Es evidente que el evocador mito de la Tierra Hueca ha generado multitud de páginas de novelas de aventuras, desde lo escrito por Verne en su mítico Viaje al Centro de la Tierra a lo narrado por otro gran visionario, Edward Lord Lytton, en su libro Raza Futura, una colección de utopías mesiánico-filosóficas que se convirtió, a finales del siglo XIX, en todo un boom mediático en Inglaterra. Al respecto de esta novela, y con gran acierto, el gran Edgar Allan Poe dijo lo siguiente: “Hace ya bastante tiempo que hemos aprendido a reverenciar el fino intelecto de Lytton. Podemos coger una cualquiera de las producciones de su pluma con la seguridad de que, al leerla, las más salvajes pasiones de nuestra naturaleza, nuestros más profundos pensamientos, las más brillantes visiones de nuestra fantasía y las más ennoblecedoras y elevadas de nuestras aspiraciones serán, a su debido turno, encendidas en nuestro interior.”

Creo que el bueno de Poe dio en el clavo casi sin querer. Casi con toda seguridad, el mito de la Tierra Hueca y habitada tiene más de enigma antropológico que de búsqueda real, objetiva y plausible. Es evidente que nuestra memoria genética, nuestros instintos primarios e involuntarios, son los instintos primordiales de nuestros ancestros. Primitivos antepasados que, muy al contrario que nosotros, vivieron en contacto permanente con la Madre Tierra, vivieron y murieron bajo el amparo de sus fauces de piedra, de aquellas cavernas encantadas que los cobijaron y protegieron durante tanto tiempo del peligro y la amenaza exterior. Hoy sentimos un extraño hechizo al entrar en el interior de esas grutas subterráneas, sentimos que aquellas paredes húmedas y resbaladizas formaron parte alguna vez de nuestro cascarón pre-natal. Imaginamos al entrar, que sus angostos pasadizos bajarán y bajarán, no importa dónde, no importa hasta dónde, sin finalizar jamás, y que más allá de todo lo conocido y explorado, enormes ríos subterráneos y silenciosos discurrirán por cavernas y grutas vírgenes tan antiguas como la propia materia. Es casi un viaje iniciático. La Madre Tierra nos cobija y nos protege en sus entrañas, y a cambio, abrigados bajo su manto hueco, sentimos una extraña sensación difícil de describir, una combinación indeterminada mezcla de fascinación y claustrofobia. Quizás, en el fondo, tenga algo de razón el Lama Turgut cuando afirmó que los reyes del mundo intraterreno se cansarían antes o después de nosotros y de nuestra peculiar manera de amar a la Tierra, y un buen día, saldrían de su cobijo para azotar y sembrar nuestro mundo de cataclismos infames. Literal o metafórico, vaya usted a saber, quizás eso ya ocurrió, y en algún momento de nuestra protohistoria remota una gran catástrofe natural obligó a los habitantes de aquella Tierra prístina a abandonar su inhabitable mundo superficial para adentrarse en las entrañas de la Tierra. Seguramente, si algo similar a esto ocurrió -que ya es mucho suponer, si me permiten decirlo-, aquellos supervivientes del holocausto de la superficie no debieron viajar demasiado lejos tierra adentro. Quizás se protegieron y resguardaron en cuevas y grutas superficiales durante un periodo de tiempo prudente, y quizás descubrieron que aquellas galerías subterráneas interconectaban –siempre superficialmente- puntos geográficos sorpresivamente distantes. Allí, en aquél mundo sin luz natural, tal vez pudieron descubrir un nuevo modo de vida, realizando puntuales y sigilosas incursiones a la superficie, en busca de enseres y alimento, hasta que se dieron cuenta de que la infructuosidad biológica de las cuevas era igual o más severa que las consecuencias del cataclismo a gran escala del mundo exterior.

Sea como fuere, desde el Himalaya a las Rocosas americanas, pasando por el Amazonas o la inexplorada Antártida, las leyendas e historias sobre quilométricos laberintos subterráneos y sus extraños moradores se cuentan por decenas en cada uno de los lugares mencionados. Y nuevamente, como casi siempre ocurre, la auténtica tarea titánica es discernir si en efecto se trata de simples leyendas folklóricas o de fabulaciones tendenciosas o si, por el contrario, reside algo de verdad en esos relatos que se transmiten de abuelos a padres y que hablan de Soles esmeralda, luces artificiales, y de descomunales galerías subterráneas que, presumiblemente, conectarían zonas alejadas miles y miles de kilómetros. Pero claro, es evidente que esto muy poco o nada tiene que ver con el mundo idílico y verniano imaginado por los partidarios de la Teoría de la Tierra Hueca

Eso sí, si le hacemos caso al naturalista ruso Ossendowky, ese mundo intraterreno profundo llamado Agartha, Shamballa, Erks, o como ustedes prefieran, fue creado hace la friolera de 600.000 años atrás por una raza de homínidos muy anterior a la nuestra, a la Homo Sapiens. O dicho de otra manera, que mientras en el interior más remoto de la Tierra una raza avanzada construía un mundo perfecto de bucólicos aspectos y armoniosa tecnificación, afuera, en la superficie, nuestros antepasados, los primeros homínidos conocidos, las pasaban canutas para encender fuego y arreglarse unas toscas y primitivas hachas como dios manda. Y dicho esto, se entiende que, como dicen muchos tierrahuequistas, los altos supremos moradores de aquél mundo interno hayan decidido cerrar y destruir las entradas a su mundo dispersadas por el nuestro, el de arriba, hartos de unos vecinos capaces de autodestruirse a sí mismos y a su planeta, hartos, en definitiva, de convivir –y de compartir planeta- tantos milenios con una raza que, pese a las apariencias, sigue anclada en la protohistoria del pensamiento y la evolución.

Dijo el gran filósofo de la ciencia Teilhard de Chardin que la vida tiene una voluntad tenaz, metida en su esencia misma, que tiende a hacerla cubrir físicamente, geométricamente, toda la esfera planetaria, aún los lugares más inhóspitos. En este sentido, no sería disparatado encontrar en el futuro nuevas formas de vida que se hubieran adaptado a las condiciones hostiles y extremas de un interior de la Tierra tan inexplorado como inhóspito. La magia ancestral de la naturaleza nos enseña que esto es posible, y que la vida se abre paso y florece en los lugares más extravagantes y extremos. Las bacterias termófilas, sin ir más lejos, viven y se reproducen en los volcanes submarinos de la Dorsal del Pacífico a una profundidad de 2.600 metros y en las lagunas termales de Yellowstone, que, de hecho, es donde se descubrieron. Metabolizan metales como el azufre, el hierro y el manganeso, además producen metano e hidrógeno, lo que posibilita que se apliquen en la industria. Estos fantásticos microorganismos, -leyenda urbana hace bien poco- viven a 140ºC y bajo una presión de 265 atmósferas. Dicho esto, y recordando que en noviembre del 1999, en Estados Unidos, en medio de una central nuclear, se descubrió una bacteria rosa, la Deinococcus radiodurans, capaz de sobrevivir en un medio radioactivo de 1,5 millones de rads de rayos gamma, o sea 3 000 veces la dosis mortal para un ser humano, a mi nada ya me sorprende. En este sentido, la vida que descubren los espeleólogos en las profundidades de la tierra, da una prueba del heroísmo con que esos seres cumplen su vocación colonizadora.

Y por supuesto, me gustaría dejarlo meridianamente claro, una cosa es intuir que puede haber vida allá abajo, del tipo que sea, en el significado más extenso y maleable de la palabra, y otra cosa bien distinta –y mucho menos sensata- es pensar o creer acérrimamente que en el mítico centro de la Tierra existe vida inteligente de aspecto similar al nuestro en un mundo concebido a imagen y semejanza del nuestro, el de sus fastidiosos vecinos del ático. Evidenciado esto, en este “Expediente Tierra Hueca”, más que en ningún otro, sería conveniente y sensato empezar a separar cuanto antes las corazonadas de las evidencias, las quimeras de las certezas, y las creencias mesiánicas de lo estrictamente real y objetivo. Eso sí, tampoco confundamos ciencia con dogma establecido, porque es nuestro deber -como seres humanos con capacidad y libertad intelectiva- ser capaces de abrir nuestros horizontes de pensamiento para intentar barajar hipótesis que a priori pueden resultar disparatadas en los estrictos parámetros de la ciencia más ortodoxa e inquisitorial. Y es que ya lo dijo el gran Julio Verne, visionario de visionarios, auténtico temponauta y profeta anacrónico, “La ciencia se compone de errores, que a su vez son los pasos hacia la verdad.” Caminemos pues hacia ella, sin axiomas ni falsas morales tendenciosas que nos aparten del camino. Porque allí, al final de ese sendero iniciático, que a nadie le quepa la menor duda, nos aguardará el auténtico Centro de la Tierra, ese punto central, misterioso y remoto que cada uno de nosotros abrigamos en lo más recóndito de nuestro interior y donde residen las fuerzas eternas y primigenias de la naturaleza y de la creación.

D. Valverde

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Reencarnando

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Dicen algunos que la creencia acérrima en la reencarnación se debe única y exclusivamente al mundano –y humano- deseo de ser inmortales, a la desesperada esperanza de no perder nuestra individualidad y nuestra consciencia tras el golpe final que a todos, sin excepción, nos asestará a traición la desalmada muerte. Nos aterra que todo se acabe, nos horroriza pensar que nuestra mente y materia se acabe fundiendo en la nada cósmica por los siglos de los siglos. ¿Y después qué? ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Acaso hay algo o lo que realmente hay es la ausencia de todo? Estas preguntas, al menos para un servidor, encuentran consuelo y algo de esperanza en la hipótesis de la reencarnación, que nos dice, básicamente, que nuestro cuerpo físico es efímero, imperfecto, y caduco, mientras que nuestro espíritu, nuestra alma, nuestro Yo consciente, perdura tras la muerte. Es decir, que como sostienen los reencarnacionistas, nuestro cuerpo material es un mero vehículo, una especie de hostal tétrico y decadente capaz de dar cobijo a nuestro espíritu durante un suspiro de tiempo universal. O dicho de otra manera, que nosotros, lo que se dice nosotros, no somos lo que se ve, sinó lo que no se ve, aquello que jamás vemos al mirarnos al espejo. Dicho esto, sobra decir que cada uno, en función de sus credos y convicciones, interpreta los entresijos de su particular creencia en la reencarnación como le viene en gana, y en este sentido, y como suele ser ya tristemente habitual, las distintas religiones que pueblan el planeta tampoco se ponen de acuerdo sobre si sí o si no, sobre si uno reencarna en piedra, en cucaracha, o en otro ser aún más evolucionado; no sabemos si resucitamos junto a Dios y como Dios, en el cielo o en el averno, nos fundimos en la felicidad eterna y colectiva de un Nirvana destruye-individualidades, o nos sumimos –de nuevo- en el ciclo sin fin de la materia y la energía, ése del que todos los días somos testigos en el seno de la madre Naturaleza.

En lo que sí parecen ponerse de acuerdo todos los defensores de la hipótesis reencarnacionista, es en la inexorable ley kármica de la causa y el efecto, es decir, que somos –y seremos- lo que hacemos y lo que decidimos. Si somos viles, despiadados y crueles, lo pagaremos con creces en la siguiente vida terrenal, mientras que si somos piadosos, buenos y correctos, seremos recompensados con una nueva existencia plagada de retos espiritualmente elevados y de sensaciones placenteras. Aunque a algunos les pueda sonar a pura moralina adoctrinadora, dicen que nuestro fugaz y mundano periplo por la Tierra es tan solo una de las muchas pruebas a las que nos deberemos someter a lo largo de nuestra cósmica existencia. Es un peldaño más hacia el conocimiento y la realización suprema, hacia esa perfección espiritual que nos hará –dicen- sentir más cerca de ese Dios prometido. Pero si es así… Si finalmente resulta que somos seres reencarnados… ¿Por qué diablos no recordamos nada de nuestras múltiples y variadas vidas anteriores? ¿Cuándo se produjo, objetivamente, nuestra primera reencarnación? ¿Qué éramos antes de nuestra primera existencia consciente? ¿Hasta cuando reencarnaremos? ¿Y después, de nuevo, la eterna y maldita pregunta de siempre… Y después, qué? Lo cierto es que nos cuesta -al menos a mi personalmente me cuesta- imaginar un mundo, una existencia, una forma de vivir que no sea ésta, la material, a la que dicen, por cierto, que estamos aquí condenados para purgar nuestros errores y forjar el alma con la sabiduría de lo aprendido.

Me cuesta imaginarme, si les he de ser sincero, siendo sutil energía del cosmos, eterna e imperecedera, siendo, como defienden muchos, mero pensamiento clarividente carente de cuerpo y de medio físico. Quizás es que aún me hallo en una reencarnación temprana, o quizás es que este terrenal apego al mundo físico sea en realidad parte del juego de nuestra compleja y eterna existencia. Al fin y al cabo, que yo sepa nadie ha regresado del otro lado para contar cómo fueron sus vacaciones entre vida y vida. En cambio, un buen guiso como el que estoy oliendo en estos mismos momentos es una prueba inequívoca de que nuestro irrefutable entusiasmo por los placeres del mundo material es un hecho intachablemente cierto, es algo que confirma que quien nos colocó en este frívolo teatro de lo mundano y lo material lo hizo hasta las últimas consecuencias, con una planificación perfecta y una ejecución envidiable. Es evidente que si esto fue así, esta especie de Spielberg cósmico y todopoderoso ha cumplido con su cometido a las mil maravillas, haciéndonos creer que sólo lo tangible y perceptible es lo real, y que todo lo invisible no existe, es un mero espejismo de ridículo ilusionismo barato. Lo imagino allí, en su trono de rayos solares, puro pensamiento divino y energía primigenia al desnudo; ÉL, el principio y el fin de todo, mirándonos sin ojo alguno y sonriendo, cómplicemente, al comprobar cuan de infinita y humana es nuestra bendita ignorancia…o quién sabe si mirando de reojo a ese guiso de lentejas con chorizo que, con algo de maestría alquímica y mucho de arte culinario, confieso que es capaz de llevarme en volandas hasta el Olimpo de la felicidad terrenal.

D.Valverde

 

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Reencarnación… ¿Verdad o ilusión?

Lucrarse o no lucrarse… (2ª parte del gran éxito)

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Vaya por delante que me asquea escribir sobre estos asuntos bochornosos y patéticos, actos más propios de niñatos imberbes que de personas adultas, honestas y responsables. Por lo visto, la mafia alcaponense siciliana ha puesto su maquinaria en marcha con el fin de CENSURAR las opiniones -libres- aquí vertidas y de paso AMENAZAR a un servidor que, dicho sea de paso, las escribe con toda la sinceridad -y derecho- del mundo. Parece que el post anterior (sí, el de lucrarse o no lucrarse…) ha tenido bastante repercusión, y alguno de los aludidos (supongo) no ha dudado en utilizar la sucia, rastrera, y cobarde artimaña de la coacción telefónica. No es cuestión de dar nombres, más que nada porque ahora no es el momento ni el lugar, pero sabemos de sobras quién se oculta (desde un Número Oculto) tras esas amenazas ridículas. A algunos, insisto, el contenido del post no les ha hecho demasiado gracia. ¿Por qué será?

Por cierto, a la policia tampoco le ha hecho demasiado gracia lo presentado en la Comisaría Norte de la Policía Nacional de Alicante contra estos sujetos y sus artimañas, más que nada porque ya conocían algunos de sus actos de dudosos fines. Como era nuestro deber y obligación, hemos presentado la pertinente denuncia (y ya van dos) sobre lo tristemente ocurrido en las madrugadas del 4 de Diciembre del 2007 y 21 de Febrero del 2008.

Los hechos. A la 1:04 de la madrugada y desde un número oculto, alguien que se identificaba -sin dar su nombre, sin dar la cara- como el autor de las amenazas dejaba en mi móvil personal el siguiente mensaje y en ESTE tono. Posteriormente, a la 1:15, este sujeto (a quién no conozco de nada) volvió a llamar al mismo número pero tampoco obtuvo respuesta. Su voz, eso sí, me es profundamente familiar. Es como si ya la hubiera escuchado esporádicamente en algún que otro reportaje de misterio.

Es paradójico y hasta bochornoso. Muchos de los que defienden hipócritamente la ética y la moral en sus investigaciones son los que luego utilizan -sin pudor alguno- la coacción, la amenaza y el chantaje como armas de destrucción masiva contra aquellos que lícitamente y libremente critican o valoran sus actos y acciones. Yo escribo libremente, opino lo que me da la gana, y seguiré haciéndolo aunque a algunos no les guste o no compartan mis opiniones. Porque que yo sepa, jamás he confundido la crítica educada con el insulto soez, la opinión personal con la descalificación gratuita. Y ya lo dijo aquel sabio griego de largo nombre y lóngeva edad: cuando alguien amenaza, es que se ha quedado sin argumentos para defenderse.

Aquí adjuntamos los atestados policiales pertinentes y las consecuentes diligencias enviadas al juez. Esta es la cara más ruín y mezquina del mundo del misterio y los personajes que lo pueblan. Esperamos que hechos patéticos y lamentables como estos no vuelvan a repetirse y que, finalmente, todos estos Al Capones telefónicos sean desenmascarados de una vez por todas. Sí. También todos saldremos ganando.

D.Valverde