Hablar del mito de la Tierra Hueca es hablar de un buen número de teorías heterodoxas y dispares, de multitud de nombres propios que en algún momento creyeron firmemente en su veracidad, y de pruebas tendenciosas y disparatadas que cada uno interpreta como le conviene y le viene en gana. En realidad, y aunque a muchos de ustedes esta teoría les suene a leyenda urbana post-moderna más bien desatinada, el osado mito de la Tierra Hueca se pierde en el horizonte de nuestra historia más remota. Y lo más curioso, como mito y enigma -más antropológico que geológico, dicho sea de paso-, la hipótesis de una Tierra Hueca y habitada por los más variopintos dioses, seres y criaturas aparece con algunas sutiles –y no tan sutiles- variaciones en multitud de leyendas y mitos antiguos extendidos a lo largo y ancho del planeta. Casi todas las culturas y un buen puñado de religiones no han dudado en mirar hacia las entrañas de la Tierra cuando se han visto en la obligación de buscar techo y cobijo a sus todopoderosos dioses, seres salvadores o Reyes del Mundo, o de recurrir a ellas sin ningún tapujo cuando les ha convenido situar físicamente el purgatorio, el infierno, o su particular reino de condenados y pecadores eternos. En este sentido, varias mitologías esquimales, chinas, hindúes y egipcias, hablan unánimemente de una raza que vive y muere en el interior de La Tierra. En algunos pasajes de la religión esquimal se dice que “…creen en un mundo futuro. El Alma, después de la muerte, desciende bajo tierra y alcanza varias moradas, la primera de las cuales es algo así como el purgatorio. Las almas buenas lo atraviesan y avanzan más hacia el interior, descubriendo moradas cada vez más bellas, hasta alcanzar aquella en donde reina la perfecta felicidad. Allí el Sol no se pone jamás…”.Grigori Rasputín a la pregunta sobre quien le había enseñado y concedido ciertos poderes, contestó haberse encontrado con “hombres verdes provenientes del Norte”.Una frase del Lama Turgut dice: “El palacio del Rey del Mundo está circundado de los palacios de los Gurú que controlan las fuerzas visibles e invisibles de la tierra, de su interior hasta el cielo, y son patrones de vida y de muerte. Si nuestra loca humanidad continuara con sus guerras, estos podrán venir sobre la superficie y transformarla en un desierto. Estos podrían secar los océanos, cambiar los continentes por extensiones de agua y hacer desaparecer las montañas. Estos, a bordo de extraordinarios vehículos, desconocidos por nosotros, viajan a velocidades increíbles a través de los túneles de la tierra”.
Total, sobre lo que hay allá abajo, a más de 5500Km. de profundidad, en las entrañas de la mismísima Tierra, cada cual puede fantasear y decir lo que quiera y le apetezca. No en vano, ni tan siquiera la geología puede aseverar y dogmatizar al 100% que la Tierra sea maciza en todo su calado, ya que de momento sólo se ha perforado físicamente hasta poco más allá de una escasa decena de Km, es decir, tan solo un 0,15% de su vertiginosa profundidad. Eso sí, siendo sensatos, y descartando que no se trate de un bulo conspiranoico y oficial para ocultar la verdad de lo que hay dentro, la sismología y el estudio de la velocidad relativa de las ondas L y P parecen no dejar demasiados interrogantes a este respecto. El estudio sismográfico nos dice que la Tierra de hueca tiene más bien poco, y que posee capas y estratificaciones bien diferenciadas y acotadas en función de su profundidad. Además, diversos cálculos y análisis indirectos nos hablan de un hábitat hostil incluso a partir de unos cuantos km. hacia abajo, con un gradiente geotérmico brutal, esto es, un aumento de calor más o menos progresivo y constante, y que, a los 16km. de profundidad, situaría el termómetro a no menos de 600º. A la vista está -además de que allí abajo los intraterrestres no necesitarían calefactores ni chaquetas- que la ciencia nos habla de un interior de la Tierra totalmente infausto, con temperaturas hostiles y presiones litográficas descomunales que imposibilitarían la presencia de grutas y cavernas más allá de unas decenas de metros tierra adentro. Aún y así, que yo sepa, ningún científico, por el momento, ha estado allí para contarlo, al más puro estilo profesor Otto Liddenbrock y compañía.
No es mi intención en esta introducción destripar los detalles de la teoría de la Tierra Hueca, sino la de dar mi humilde punto de vista al respecto. Sinceramente, me cuesta creer que la Tierra esté hueca y me cuesta aún más creer que tenga una especie de sol interior alumbrando esa gran concavidad soñada. Sinceramente, no creo que en sus entrañas otras civilizaciones super-avanzadas y semi-divinas nos vigilen, nos protejan y habiten un mundo ideal que, paradójicamente, conceptualmente recuerda más al cielo que al infierno. Así descrita, y con tantos y tan variopintos condimentos añadidos, la teoría de la Tierra Hueca se me antoja poco más que un producto semi-onírico de mentes soñadoras, de quiméricos buscadores de fe que desde siempre, desde que los tiempos son tiempos, se han aferrado a lo inexplorado y a lo ignoto para dar rienda suelta a su imaginación y a sus inocuas ambiciones mesiánicas.
Es evidente que el evocador mito de la Tierra Hueca ha generado multitud de páginas de novelas de aventuras, desde lo escrito por Verne en su mítico Viaje al Centro de la Tierra a lo narrado por otro gran visionario, Edward Lord Lytton, en su libro Raza Futura, una colección de utopías mesiánico-filosóficas que se convirtió, a finales del siglo XIX, en todo un boom mediático en Inglaterra. Al respecto de esta novela, y con gran acierto, el gran Edgar Allan Poe dijo lo siguiente: “Hace ya bastante tiempo que hemos aprendido a reverenciar el fino intelecto de Lytton. Podemos coger una cualquiera de las producciones de su pluma con la seguridad de que, al leerla, las más salvajes pasiones de nuestra naturaleza, nuestros más profundos pensamientos, las más brillantes visiones de nuestra fantasía y las más ennoblecedoras y elevadas de nuestras aspiraciones serán, a su debido turno, encendidas en nuestro interior.”
Creo que el bueno de Poe dio en el clavo casi sin querer. Casi con toda seguridad, el mito de la Tierra Hueca y habitada tiene más de enigma antropológico que de búsqueda real, objetiva y plausible. Es evidente que nuestra memoria genética, nuestros instintos primarios e involuntarios, son los instintos primordiales de nuestros ancestros. Primitivos antepasados que, muy al contrario que nosotros, vivieron en contacto permanente con la Madre Tierra, vivieron y murieron bajo el amparo de sus fauces de piedra, de aquellas cavernas encantadas que los cobijaron y protegieron durante tanto tiempo del peligro y la amenaza exterior. Hoy sentimos un extraño hechizo al entrar en el interior de esas grutas subterráneas, sentimos que aquellas paredes húmedas y resbaladizas formaron parte alguna vez de nuestro cascarón pre-natal. Imaginamos al entrar, que sus angostos pasadizos bajarán y bajarán, no importa dónde, no importa hasta dónde, sin finalizar jamás, y que más allá de todo lo conocido y explorado, enormes ríos subterráneos y silenciosos discurrirán por cavernas y grutas vírgenes tan antiguas como la propia materia. Es casi un viaje iniciático. La Madre Tierra nos cobija y nos protege en sus entrañas, y a cambio, abrigados bajo su manto hueco, sentimos una extraña sensación difícil de describir, una combinación indeterminada mezcla de fascinación y claustrofobia. Quizás, en el fondo, tenga algo de razón el Lama Turgut cuando afirmó que los reyes del mundo intraterreno se cansarían antes o después de nosotros y de nuestra peculiar manera de amar a la Tierra, y un buen día, saldrían de su cobijo para azotar y sembrar nuestro mundo de cataclismos infames. Literal o metafórico, vaya usted a saber, quizás eso ya ocurrió, y en algún momento de nuestra protohistoria remota una gran catástrofe natural obligó a los habitantes de aquella Tierra prístina a abandonar su inhabitable mundo superficial para adentrarse en las entrañas de la Tierra. Seguramente, si algo similar a esto ocurrió -que ya es mucho suponer, si me permiten decirlo-, aquellos supervivientes del holocausto de la superficie no debieron viajar demasiado lejos tierra adentro. Quizás se protegieron y resguardaron en cuevas y grutas superficiales durante un periodo de tiempo prudente, y quizás descubrieron que aquellas galerías subterráneas interconectaban –siempre superficialmente- puntos geográficos sorpresivamente distantes. Allí, en aquél mundo sin luz natural, tal vez pudieron descubrir un nuevo modo de vida, realizando puntuales y sigilosas incursiones a la superficie, en busca de enseres y alimento, hasta que se dieron cuenta de que la infructuosidad biológica de las cuevas era igual o más severa que las consecuencias del cataclismo a gran escala del mundo exterior.
Sea como fuere, desde el Himalaya a las Rocosas americanas, pasando por el Amazonas o la inexplorada Antártida, las leyendas e historias sobre quilométricos laberintos subterráneos y sus extraños moradores se cuentan por decenas en cada uno de los lugares mencionados. Y nuevamente, como casi siempre ocurre, la auténtica tarea titánica es discernir si en efecto se trata de simples leyendas folklóricas o de fabulaciones tendenciosas o si, por el contrario, reside algo de verdad en esos relatos que se transmiten de abuelos a padres y que hablan de Soles esmeralda, luces artificiales, y de descomunales galerías subterráneas que, presumiblemente, conectarían zonas alejadas miles y miles de kilómetros. Pero claro, es evidente que esto muy poco o nada tiene que ver con el mundo idílico y verniano imaginado por los partidarios de la Teoría de la Tierra Hueca
Eso sí, si le hacemos caso al naturalista ruso Ossendowky, ese mundo intraterreno profundo llamado Agartha, Shamballa, Erks, o como ustedes prefieran, fue creado hace la friolera de 600.000 años atrás por una raza de homínidos muy anterior a la nuestra, a la Homo Sapiens. O dicho de otra manera, que mientras en el interior más remoto de la Tierra una raza avanzada construía un mundo perfecto de bucólicos aspectos y armoniosa tecnificación, afuera, en la superficie, nuestros antepasados, los primeros homínidos conocidos, las pasaban canutas para encender fuego y arreglarse unas toscas y primitivas hachas como dios manda. Y dicho esto, se entiende que, como dicen muchos tierrahuequistas, los altos supremos moradores de aquél mundo interno hayan decidido cerrar y destruir las entradas a su mundo dispersadas por el nuestro, el de arriba, hartos de unos vecinos capaces de autodestruirse a sí mismos y a su planeta, hartos, en definitiva, de convivir –y de compartir planeta- tantos milenios con una raza que, pese a las apariencias, sigue anclada en la protohistoria del pensamiento y la evolución.
Dijo el gran filósofo de la ciencia Teilhard de Chardin que la vida tiene una voluntad tenaz, metida en su esencia misma, que tiende a hacerla cubrir físicamente, geométricamente, toda la esfera planetaria, aún los lugares más inhóspitos. En este sentido, no sería disparatado encontrar en el futuro nuevas formas de vida que se hubieran adaptado a las condiciones hostiles y extremas de un interior de la Tierra tan inexplorado como inhóspito. La magia ancestral de la naturaleza nos enseña que esto es posible, y que la vida se abre paso y florece en los lugares más extravagantes y extremos. Las bacterias termófilas, sin ir más lejos, viven y se reproducen en los volcanes submarinos de la Dorsal del Pacífico a una profundidad de 2.600 metros y en las lagunas termales de Yellowstone, que, de hecho, es donde se descubrieron. Metabolizan metales como el azufre, el hierro y el manganeso, además producen metano e hidrógeno, lo que posibilita que se apliquen en la industria. Estos fantásticos microorganismos, -leyenda urbana hace bien poco- viven a 140ºC y bajo una presión de 265 atmósferas. Dicho esto, y recordando que en noviembre del 1999, en Estados Unidos, en medio de una central nuclear, se descubrió una bacteria rosa, la Deinococcus radiodurans, capaz de sobrevivir en un medio radioactivo de 1,5 millones de rads de rayos gamma, o sea 3 000 veces la dosis mortal para un ser humano, a mi nada ya me sorprende. En este sentido, la vida que descubren los espeleólogos en las profundidades de la tierra, da una prueba del heroísmo con que esos seres cumplen su vocación colonizadora.
Y por supuesto, me gustaría dejarlo meridianamente claro, una cosa es intuir que puede haber vida allá abajo, del tipo que sea, en el significado más extenso y maleable de la palabra, y otra cosa bien distinta –y mucho menos sensata- es pensar o creer acérrimamente que en el mítico centro de la Tierra existe vida inteligente de aspecto similar al nuestro en un mundo concebido a imagen y semejanza del nuestro, el de sus fastidiosos vecinos del ático. Evidenciado esto, en este “Expediente Tierra Hueca”, más que en ningún otro, sería conveniente y sensato empezar a separar cuanto antes las corazonadas de las evidencias, las quimeras de las certezas, y las creencias mesiánicas de lo estrictamente real y objetivo. Eso sí, tampoco confundamos ciencia con dogma establecido, porque es nuestro deber -como seres humanos con capacidad y libertad intelectiva- ser capaces de abrir nuestros horizontes de pensamiento para intentar barajar hipótesis que a priori pueden resultar disparatadas en los estrictos parámetros de la ciencia más ortodoxa e inquisitorial. Y es que ya lo dijo el gran Julio Verne, visionario de visionarios, auténtico temponauta y profeta anacrónico, “La ciencia se compone de errores, que a su vez son los pasos hacia la verdad.” Caminemos pues hacia ella, sin axiomas ni falsas morales tendenciosas que nos aparten del camino. Porque allí, al final de ese sendero iniciático, que a nadie le quepa la menor duda, nos aguardará el auténtico Centro de la Tierra, ese punto central, misterioso y remoto que cada uno de nosotros abrigamos en lo más recóndito de nuestro interior y donde residen las fuerzas eternas y primigenias de la naturaleza y de la creación.
D. Valverde
